lunes, 10 de noviembre de 2008

Sobre el G. Steiner de Lenguaje y Silencio (I)

De George Steiner, a cuyo generoso magisterio he tenido la fortuna de acogerme recientemente gracias a un compendio de agudos ensayos (Lenguaje y Silencio) y a quien conforme más leo más admiro, puede decirse también que un aliento perverso empaña, a veces, la transparencia de sus indagaciones, de las indagaciones que reúne en este libro. Creo que Suso de Toro trató de resumirlo hacia el final de la primera intervención de la inútil polémica (medirte con gigantes, he leído por ahí, no te hace ganar estatura) que, al hilo de la política lingüística autonómica, comenzó al responder a una, a mi parecer, no del todo afortunada aseveración de Steiner (por cierto, no menos desinformada es la respuesta del periodista: Alfonso X no debe de ser tan valioso como Raimundo Lulio, y ni cabe comparar a Rosalía con Rubió y Ors. Es todo, tan sólo, cuestión de indentidades nacionales).


La perversión a la que me refiero podría entenderse como lastre de algunos de los análisis de Steiner. Podría, de no ser porque no es un añadido, un vicio marginal y disculpable por su eventual posibilidad de ser extirpado del conjunto sin perjuicio de lo sustancial, sino que más bien es la base de sus argumentos, o al menos es el contexto necesario en el cual toma sentido alguno de sus juicios. Tal contexto es la concepción restringida de la literatura a que apunta también de Toro. Steiner parece despreciar, condescendiente, cuanto se aleje de un canon aristocrático determinado por años de inmersión en la doctrina altoburguesa, un canon labrado en el más bruñido mármol a golpe de la más fina gubia. Esto, por sí, no es negativo. Es decir, no cabe poner en duda un canon tal. En cambio, no logro hallar razón alguna para el empecinamiento en considerarlo reducto cerrado a la práctica totalidad de los escritores posteriores a determinada fecha. Los que no se acomodan entre Balzac y Joyce, los que no han podido hacerse con un trono en "ese apretado siglo de gran novela", dice Steiner. Más allá, acaso únicamente Broch y Durrell han sido capaces de revelar un genio tal que los haya hecho merecedores de ese caro pasaporte que se expide para entrar al canon.


La consecuencia más terrible de una lectura impresionada de las páginas de Lenguaje y silencio es esta: llegar a pensar que todo lo relevante —todo lo que sobre el hombre se puede llegar a decir, a pesar del curso de los tiempos— está ya dicho, de forma insuperable, con incomparable excelencia técnica y ética, por un selecto ramillete de escritores. Cualquier intención de parangonar una nueva voz con ellos es, por de pronto, empresa de vanidad.

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