Las razones por las que ese mencionado estado de la creación literaria sea tan apabullante son, en gran medida, bien intuidas y mejor explicadas por Steiner. No obstante, y como aparenta creer de Toro, Steiner juzga lo contemporáneo y predice lo por venir a través de una óptica rayada y difusa por el tiempo. Su canon, su vara de medir está tallada por la valetudinaria aprensión que obliga a aferrarse a lo establecido, a los convencionalismos bien curtidos por los siglos, por más que fueran (y sean, y sigan siendo) excepcionales y audaces las obras que hoy tenemos por convencionales. Con respecto a lo que el hombre puede decir hoy de sí mismo, no deja de ser Joyce un lugar común. Tampoco Kafka. Que sus osadías son cima de la literatura no se pone en duda. Que sean estación terminal parece un poco más cuestionable.
Steiner, pues, es el adalid de una tradición. Por eso me refiero a la edad, aunque cuando Steiner escribió los ensayos que ahora leo apenas llegaba a los cuarenta años. Sin embargo, como él mismo, melancólico, hace ver, la figura que representa, con la que se identifica y en virtud de la cual opera (lee, analiza, enjuicia, proyecta), es la del intelectual judío centroeuropeo, cercenada de la historia cultural de occidente por el horrible hachazo del nacionalsocialismo. Esta tradición había muerto ya cuando los Beatles o los Rolling Stones rompían hímenes (o cuerdas vocales, lo mismo da) de quinceañeras europeas. ¡Veinte años más tarde, sólo! Hoy... Hoy apenas queda un recuerdo, al margen del propio Steiner y algún que otro erudito nostálgico. Al margen de una pequeña reserva. Y esto es precisamente lo que señala de Toro.
Y yo intuyo que es demasiado riguroso su análisis de la literatura posterior a Joyce no por juicio o razón, sino con arreglo a la lealtad a su tradición, a su melancolía.
Podéis leerme en Vinilocura desde hace un año :)
Hace 14 años