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viernes, 14 de noviembre de 2008

Maneras de leer

La muerte de Virgilio es una obra rigurosa, acaso demasiado exigente para una atención, la mía, tan extraviada ahora en asuntos ingratos e insoslayables. El barroquismo, los largos párrafos cuajados de trícolos, de enumeraciones abstractas, densos como manglar lujuriante y oscuros, bamboleados por la cadencia febril de un genio verborreico que se resiste al cese irrevocable de la palabra... Quizá todo ello sea intolerable si no se está dispuesto al esfuerzo de practicar la pertinaz penetración que demanda la obra.

Por ello he regresado a los diarios de Kafka, a los que nunca he dado más continuidad que la necesaria para leer una entrada. También por haberme sorprendido al conocer que los cuadernos de Valéry sumaban, precisamente, 261. Acudo a Kafka, pues, para consolarme. Pero es vanidad.

Leo:

"Si uno se detiene ante un libro de cartas o de memorias [...] y no absorbe en sí con su propia fuerza a ese hombre [...], sino que, entregado a él [...], se deja arrastrar por el hombre extraño que tiene ante sí y se convierte en pariente suyo, entonces no tiene nada de extraño el que uno, al retornar a sí mismo en el momento de cerrar el libro, vuelva, tras esa excursión y ese solaz, a sentirse más a gusto en su propio ser, un ser vuelto a conocer, vuelto a remover, contemplado por un instante desde lejos, y se quede con la cabeza más despejada."

Kafka, fragmento situado entre el 9 y el 10 de diciembre de 1911


Me paro a pensar, entonces, en que Kafka está describiendo dos maneras de leer (y no sólo cartas o memorias, sino también los demás géneros de la literatura) que, posiblemente, abarquen todas las otras formas. En que casi siempre mi lectura es comprometida, como la segunda, y no distanciada, como acaso debiera. Al cabo, con todo, el efecto es el mismo: un reconocimiento, la concreción de aquel presentimiento nunca expresado con claridad, con precisión; un saber nuevo sobre uno mismo que, de hecho, es reminiscencia*.

También pienso en que, si a alguien le es dado leer estas páginas, no volverá a sí con la cabeza más despejada. O sí, porque habrá optado por dejar de leer, y tomar decisiones siempre aclara la mente, como el Red Bull o el speed.
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* Y algo similar tenía por cierto Platón. Y algo más ingenioso argüía, en contra, Salomón, si nos atenemos a lo que Borges, ese monstruoso témpano de genio, cita de este trascendental debate.