Por ello he regresado a los diarios de Kafka, a los que nunca he dado más continuidad que la necesaria para leer una entrada. También por haberme sorprendido al conocer que los cuadernos de Valéry sumaban, precisamente, 261. Acudo a Kafka, pues, para consolarme. Pero es vanidad.
Leo:
"Si uno se detiene ante un libro de cartas o de memorias [...] y no absorbe en sí con su propia fuerza a ese hombre [...], sino que, entregado a él [...], se deja arrastrar por el hombre extraño que tiene ante sí y se convierte en pariente suyo, entonces no tiene nada de extraño el que uno, al retornar a sí mismo en el momento de cerrar el libro, vuelva, tras esa excursión y ese solaz, a sentirse más a gusto en su propio ser, un ser vuelto a conocer, vuelto a remover, contemplado por un instante desde lejos, y se quede con la cabeza más despejada."
Kafka, fragmento situado entre el 9 y el 10 de diciembre de 1911
Me paro a pensar, entonces, en que Kafka está describiendo dos maneras de leer (y no sólo cartas o memorias, sino también los demás géneros de la literatura) que, posiblemente, abarquen todas las otras formas. En que casi siempre mi lectura es comprometida, como la segunda, y no distanciada, como acaso debiera. Al cabo, con todo, el efecto es el mismo: un reconocimiento, la concreción de aquel presentimiento nunca expresado con claridad, con precisión; un saber nuevo sobre uno mismo que, de hecho, es reminiscencia*.
También pienso en que, si a alguien le es dado leer estas páginas, no volverá a sí con la cabeza más despejada. O sí, porque habrá optado por dejar de leer, y tomar decisiones siempre aclara la mente, como el Red Bull o el speed.
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* Y algo similar tenía por cierto Platón. Y algo más ingenioso argüía, en contra, Salomón, si nos atenemos a lo que Borges, ese monstruoso témpano de genio, cita de este trascendental debate.
Me paro a pensar, entonces, en que Kafka está describiendo dos maneras de leer (y no sólo cartas o memorias, sino también los demás géneros de la literatura) que, posiblemente, abarquen todas las otras formas. En que casi siempre mi lectura es comprometida, como la segunda, y no distanciada, como acaso debiera. Al cabo, con todo, el efecto es el mismo: un reconocimiento, la concreción de aquel presentimiento nunca expresado con claridad, con precisión; un saber nuevo sobre uno mismo que, de hecho, es reminiscencia*.
También pienso en que, si a alguien le es dado leer estas páginas, no volverá a sí con la cabeza más despejada. O sí, porque habrá optado por dejar de leer, y tomar decisiones siempre aclara la mente, como el Red Bull o el speed.
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* Y algo similar tenía por cierto Platón. Y algo más ingenioso argüía, en contra, Salomón, si nos atenemos a lo que Borges, ese monstruoso témpano de genio, cita de este trascendental debate.