"Eso también formaba parte de su arte: llevar al público hasta
un odio tan extremo que la presión sobre el rival se
acercara a lo metafísico, que era donde Ali quería tenerlo.
Aquellos boxeadores blancos de facciones de piedra recubierta
de hormigón armado negociaban golpe por golpe. Ali prefería
poner al boxeo en su sitio y negociaba metafísica por metafísica
con cualquier rival."
No sin generoso afán se aplicaron mis dos tíos asturianos a la captación de un adepto nuevo a sus viejas aficiones. Si lo consiguieron con el ciclismo, al cual aún profeso, a pesar de la decepción nuestra de cada día, lealtad y admiración, con el boxeo no ocurrió así. Ambos habían combatido durante su juventud, y a menudo, sobre todo durante las primeras horas del reencuentro estival, y más Pepe que Jandro, me lanzaban un par de jabs o un uppercut al mentón, inclinándose y a continuación guardándose para vacilar al guaje chiquito y orgulloso que se enfrentaba, mitad extrañado y mitad divertido, a aquel remedo de la violencia.
En casa de Pepe, además, había unas cuantas cintas de VHS gastadas de grabar combates, y no eran tan raras las noches en que mi tío y mi padre me permitían acostarme bien pasada mi hora habitual para acompañarlos como espectador de varios asaltos memorables. Esas noches de la infancia en que a uno le parece ser tratado de par entre los adultos, esa condescendiente y fantástica suspensión de la jerarquía, son ya irrecuperables, tanto como la época en que las emisoras de TV gratuita programaban rutinariamente boxeo, o cuando los ídolos de los adolescentes de clase trabajadora eran también los ciclistas y los boxeadores, y el sacrificio y el esfuerzo: el orgullo del sudor y la dignidad de la sangre compartiendo rudo podio en el imaginario de soñadores en tiempos oscuros.
Sólo una vez asistí a una velada de boxeo. Fue en el pabellón viejo de la Ronda de los Deportes, en Lugo. Mi padre y yo fuimos de la mano de Pepe, quien había venido desde Ables, por primera y última vez sin su esposa, con el único motivo de apoyar a su vecino José, un amateur prometedor (no era 10 años mayor yo) cuya carrera finalizó con la derrota que esa noche presenciamos. Quizá porque los contendientes peleaban con casco protector y con el torso cubierto por una camiseta, y porque ninguno de los combates emparejaba pesos más allá del medio, mi interés por las evoluciones de los enfrentamientos fue escaso. Me concentré, más bien, en calibrar la precisión del cronómetro que mi padrino, ese tarambana de antología, me había traído de Canarias pocos días antes, poniéndolo en marcha y deteniéndolo según golpeaba el juez la campana. Tuve, a pesar de la notoria realidad de los golpes, la impresión de ser el espectador de un evento más próximo al simulacro que al mito.
A pesar del generoso afán de mis tíos, nunca me interesó el boxeo.
El mito me interesó por sí solo...