lunes, 29 de junio de 2009

Ali bomaye! (I)



"Eso también formaba parte de su arte: llevar al público hasta
un odio tan extremo que la presión sobre el rival se
acercara a lo metafísico, que era donde Ali quería tenerlo.
Aquellos boxeadores blancos de facciones de piedra recubierta
de hormigón armado negociaban golpe por golpe. Ali prefería
poner al boxeo en su sitio y negociaba metafísica por metafísica
con cualquier rival."

Norman Mailer, En la cima del mundo


No sin generoso afán se aplicaron mis dos tíos asturianos a la captación de un adepto nuevo a sus viejas aficiones. Si lo consiguieron con el ciclismo, al cual aún profeso, a pesar de la decepción nuestra de cada día, lealtad y admiración, con el boxeo no ocurrió así. Ambos habían combatido durante su juventud, y a menudo, sobre todo durante las primeras horas del reencuentro estival, y más Pepe que Jandro, me lanzaban un par de jabs o un uppercut al mentón, inclinándose y a continuación guardándose para vacilar al guaje chiquito y orgulloso que se enfrentaba, mitad extrañado y mitad divertido, a aquel remedo de la violencia.

En casa de Pepe, además, había unas cuantas cintas de VHS gastadas de grabar combates, y no eran tan raras las noches en que mi tío y mi padre me permitían acostarme bien pasada mi hora habitual para acompañarlos como espectador de varios asaltos memorables. Esas noches de la infancia en que a uno le parece ser tratado de par entre los adultos, esa condescendiente y fantástica suspensión de la jerarquía, son ya irrecuperables, tanto como la época en que las emisoras de TV gratuita programaban rutinariamente boxeo, o cuando los ídolos de los adolescentes de clase trabajadora eran también los ciclistas y los boxeadores, y el sacrificio y el esfuerzo: el orgullo del sudor y la dignidad de la sangre compartiendo rudo podio en el imaginario de soñadores en tiempos oscuros.

Sólo una vez asistí a una velada de boxeo. Fue en el pabellón viejo de la Ronda de los Deportes, en Lugo. Mi padre y yo fuimos de la mano de Pepe, quien había venido desde Ables, por primera y última vez sin su esposa, con el único motivo de apoyar a su vecino José, un amateur prometedor (no era 10 años mayor yo) cuya carrera finalizó con la derrota que esa noche presenciamos. Quizá porque los contendientes peleaban con casco protector y con el torso cubierto por una camiseta, y porque ninguno de los combates emparejaba pesos más allá del medio, mi interés por las evoluciones de los enfrentamientos fue escaso. Me concentré, más bien, en calibrar la precisión del cronómetro que mi padrino, ese tarambana de antología, me había traído de Canarias pocos días antes, poniéndolo en marcha y deteniéndolo según golpeaba el juez la campana. Tuve, a pesar de la notoria realidad de los golpes, la impresión de ser el espectador de un evento más próximo al simulacro que al mito.

A pesar del generoso afán de mis tíos, nunca me interesó el boxeo.

El mito me interesó por sí solo...

viernes, 12 de junio de 2009

La marginalidad, el genio

Hace un tiempo escribí, en la última entrada del texto sobre Steiner, algo referente a la excentricidad del genio. Algo así como que desde un callejón inmundo alguien acuclillado sobre los desperdicios pueda estar ahora quizá gestando la obra más reveladora de los hombres.

La exageración es grosera, aunque uno piense en un Bukowski cualquiera. Pero me sirvió para expresar, a mi torpe manera, lo que, en esta noche desfondada, releo ahora en Sebald:

"[Thomas Browne] siempre intentó, pensando y escribiendo, observar la existencia terrestre, tanto las cosas que le eran más próximas como las esferas del universo, desde el punto de vista de un marginado, incluso podría decirse que las contemplaba con ojos de creador."

G.W. Sebald, Los anillos de Saturno

En Sebald hay una especie de hiato entre la marginalidad y la creación, aunque sean inmediatas la una a la otra hay un pequeño intersticio que salvar para acceder de la marginalidad a la genialidad.

Es precisamente ese hiato el que interesa: conviene advertir que Sebald parece apuntar a que la creación no puede ser si no es marginal, que la creación está más allá todavía, una vez traspuesto el abismo de la marginalidad hay aún otro, más insondable, del que algunos son capaces de traer el tesoro huidizo de la humanidad.


(Más adelante, reiterando una idea que aflora también en Austerlitz, está la nube oscura que cubre de pesimismo el espíritu de Sebald: "Sobre cada nueva forma se cierne ya la sombra de la destrucción". Qué gusto da asistir al despliegue poderoso de esta voz. Una voz prospectiva, que arranca, grave, y dice: "En la segunda mitad de los años sesenta, en parte por razones de estudio, en parte por razones para mí mismo no totalmente claras...")

domingo, 10 de mayo de 2009

Mandorla

Como viene siendo costumbre, un mayo de cada cinco me someto a un examen sobrevenido. Es sencillo. Basta con hacer acopio de errores, uno tras otro hasta reconocer que ninguna decisión determinante de cuantas se pueden tomar en este tiempo ha sido la adecuada. Y eso son muchas decisiones. Muchas.

Una vez más (esto ocurre con mayor frecuencia) me veo muy alejado de lo que quería ser. Ahora sé, sin margen de error, que en realidad nunca lo he querido. Uno se reconoce más bien en el deseo de no ser, no estar, no... Aunque, a decir verdad, para ser precisa la formulación debe ser retrospectiva: no haber sido, no haber estado, no haber hecho...

La nada.

Son las ocho. Por aquello de la música diegética (y la pedantería, of course), suena esto.

Inopinadamente, estoy absolutamente convencido de no ser un suicida.

martes, 5 de mayo de 2009

Sebald|Bolaño

Un día toma uno un libro en sus manos. Cuando concluye la lectura rompe, sin motivo aparente, a llorar.

Después, así que se recomponga, acabará por atribuir el llanto más a una fragilidad propia y coyuntural que a la lectura. Alguna connotación imposible de ubicar habrá hecho saltar algún resorte íntimo, algo habrá sido sacudido por una subrepticia llamada que salvo en ese instante jamás podía ser atendida.

Al cabo de un tiempo, muchas lecturas más tarde, la situación se repite.



Al limpio discurrir de la prosa de Sebald subyace, oscuramente rumoroso, un magisterio taciturno a través del cual se pone el foco en personajes y objetos no menos taciturnos o, eventualmente, melancólicos. En realidad, para un lector, lo que instala a Sebald en su seno una vez que ha paseado por su vastedad inhóspita es que su tono no reviste otra seriedad que la de lo verdadero.

En Sebald, quizá como en ningún otro escritor, lo posible es traspasado por una mirada que lo torna en efectivo, en elemento de este mundo, lo hace trasponer el umbral de lo verosímil; y a la inversa, lo fehaciente es narrado en un tono elegíaco tal que se suma a lo novelesco sin por ello perder su naturaleza. Lo que engrandece a Sebald es que narra como a media voz, sentado en la butaca de la propia casa, la verdad de unos seres inexistentes.

Bolaño es otra cosa. No hay duda.

Sin embargo, al igual que Sebald, despierta en mí la misma melancolía difusa. Sin origen. Y es un misterio qué similitud puede haber en sus respectivas escrituras para que su efecto sea de una única estirpe. A primera vista, ambos podrían ser exponentes de escuelas opuestas: Sebald es la introspección exacerbada, el largo soliloquio reflexivo, alargándose como por los meandros de un Danubio calmo, la evocadora interpretación de una anécdota en la que se ahonda hasta hallar la mena de una tragedia universal; Bolaño es, por su parte, la acumulación de voces y sucesos de los cuales el autor (el autor implícito de 2666, los narradores de la multiperspectivista Los detectives salvajes, su obra cumbre) no aventura un sentido, sino que ofrece al lector la posibilidad de dotar de carga simbólica la multitud de cuentos que forman sus novelas. Sebald disecciona un pasado. Bolaño lo construye. En ambos casos se ofrece algo que, en adelante, se puede añorar.

Son distintos, y son iguales. Como a los críticos de la primera parte de 2666, leer a Sebald y a Bolaño me da ganas de salir corriendo y de llorar.

jueves, 30 de abril de 2009

Méndez: la ética de la traición



"Finalmente, viéndoles guerrear como quien ayuda al vecino a cuidar
a un familiar enfermo, la idea de que eran hombres nacidos
para la derrota convirtió a aquellos milicianos en un inventario
de cadáveres. Siempre lleva las de perder el que más muertos sepulta."


Alberto Méndez, Los girasoles ciegos




Hay una particularidad acerca del narrador de Los girasoles ciegos que sólo he acertado a intuir al dar comienzo el segundo capítulo. El narrador —manejo uno, provisoriamente, pues es lo que parecen estas voces que dan cuenta de la historia de Alegría y editan el manuscrito—, el narrador escribe desde dentro. De partida no es uno capaz de determinar desde qué tiempo se nos relatan estas parcelas intrahistóricas, pero luego, al comienzo de la segunda parte, hay una fecha: 1952. Hay también un lugar. El Archivo de la Guardia Civil.

El narrador, cualquier personaje, cualquier persona capaz de acceso a los archivos de los vencedores tiene que ser alguien del régimen, con crédito suficiente para no estar sujeto a impedimentos en su labor minera. Y, no obstante, es alguien que se empeña (algo así como Alegría) en revelar a sus propios cuánto de usura, cuánto de mezquindad ha habido en su victoria. Alguien con la sensibilidad y la honradez bastantes para, en la desmemoriada y dulcificada conciencia de la victoria, no dejar de ver —y de contar— lo que ocurrió a los que perdieron. "Sólo algunos muertos serán considerados protagonistas de la guerra". En cambio, por justicia, otros muertos son protagonistas de la posguerra. Pues ha habido alguien que se ha conjurado para, contraviniendo la moral del victorioso, mantener los ojos abiertos mientras se adentra en la umbría.

Ese alguien, en verdad, no puede ser más que un traidor.




domingo, 12 de abril de 2009

Para una poética (I)

Para ser fiel a los tópicos adolescentes, mi enamoramiento duró lo que tardó en llegar el verano. En septiembre ella no estaba ya allí, y yo sabía que no volvería a verla. Más tarde me mudé de ciudad, comencé los estudios superiores, conocí a otras personas. Terminó por desaparecer. O quizá, más bien, fui yo quien desapareció. No lo sé.

Ahora ya nunca recuerdo el rostro de María. Y así seguirá siendo en adelante. En cambio, sí puedo aún recordar que fue ella, continuando la labor de Teresa (la otra mujer, de cuantas he escuchado en persona, que mejor hablaba de literatura), quien me inoculó el veneno de la escritura*. María impartía las clases de literatura como el pescador habla de sus artes: su razón es no el discurso sino la pesca. Recuerdo que fue entonces cuando, para complacerla, empecé a escribir.

Por esta causa, porque ya no está ni estará más y su influjo, aun así, persiste en la ausencia, y lo custodio como quien porta en un guardapelo del metal más precioso el más amado retrato, mi ánimo deriva, a veces, levemente, a un estado melancólico cuando recuerdo algo que descubrí en su palabra, en los libros que me prestaba, en la pasión con que, rebasando con creces sus atribuciones docentes, nos hablaba sobre los escritores, sobre el oficio de escribir.

Ahora leo en Sebald:

"Los escrúpulos literarios de Flaubert (...), su miedo a la falsedad que, como solía decir, lo encadenaba semanas y meses enteros a su canapé y le hacía temer que nunca más podría escribir siquiera media línea sin comprometerse de la forma más embrazosa. En esa época (...) no sólo le parecía absolutamente impensable cualquier forma futura de escribir, sino que, más aún, estaba convencido de que todo lo que había escrito hasta entonces se reducía a una yuxtaposición de los más inexcusables errores y embustes, de trascendentales consecuencias."

W. G. Sebald, Los anillos de Saturno

Y me parece escucharla a ella, sólo que entonces Flaubert se dolía también, dirigiéndose a su amada, en su correspondencia, de la dificultad con que avanzaba en la redacción, del dolor que le producía el marasmo y el no avanzar sino apenas diez líneas cada día.


Hace tiempo, cuando aún pensaba en escribir, me enfrenté a la construcción de un cuento basado en elementos estáticos, sin conexión causal entre ellos. Había también algo de Cecil Taylor, ese cuento de Aira (me cae mal Aira, el cuento lo leí en una antología, porque soy incapaz de tomar entre mis manos un libro sólo de Aira), en la idea primera. Es decir: intentaba calcar Cecil Taylor. Al final, todo se quedó, para variar, en borradores. Bueno, y en una especie de poética de unos 10 u 11 folios acerca de cómo escribir un cuento que nunca se escribirá.


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* Escritura, leo con curiosidad y sorpresa que ha dicho Derrida, significa pharmakon en griego; y se entiende al mismo tiempo como fármaco y como veneno.

La noción de literatura como remedio para los males propios no es ya ni siquiera un tópico sobado sino un desprestigio. Más novedosa para mí es, sin embargo, la noción de veneno. Lo que distingue el fármaco del veneno, al menos según se viene diciendo desde Paracelso, es la dosis. Es sabido. Y aun así la asociación de escritura y veneno resulta impertinente por su audacia.

Sí, es veneno la escritura, veneno que uno mismo se va inoculando para apartarse de los demás: lector o escritor, hay una silueta que se recorta contra la sociedad.