viernes, 26 de diciembre de 2008

La máquina y el absurdo: el origen de un lenguaje

"¿No ofrecía el mundo, a pesar de sus
luchas, sus miserias y vicios, unas perspectivas
más nobles y elevadas que este insulso
y paralizante sistema de perfección?"


Blanco White, Cartas de España



Para que nuestra desgracia sea completa, la crisis, cuando nos alcanza, nos fuerza a cuestionarnos cuanto de maquinal hay en el mundo. Importa poco que éste sea el rigor ritual y litúrgico, en el caso de un cura como White, debatiéndose por la fragilidad de su fe, o el entorno social sobre el que periodistas o escritores, si es que son conscientes de cuanto de compromiso conlleva tenerse por tales, han de informar y el cual a su vez han de modelar.

El mundo, cuando la crisis hace presa en uno, se muestra como un complejo de engranajes inhumano, perfecto e irrevocable, en cuyo seno ni se es necesario ni se deja de serlo, y en el que tan sólo se puede constatar, desprendido ya de todo afecto, las innumerables fallas que se ponen de continuo en evidencia, a pesar de las cuales todo funciona como un reloj.

Como un impasible reloj. Porque nada falla, en realidad. Nada salvo uno mismo.

Pero precisamente esta colusión, la que se establece entre una percepción enajenada tal y las señales que esparce un mundo causante de la enajenación, permite una penetración más lúcida y más abrasiva en la realidad. Por eso White, en su conflicto, acaba por apercibirse de que la sustancia de su razonar, la palabra propia, se vuelve absurda si se somete al arbitrio de los defensores de la fe, la Iglesia Católica: "Igual que ellos, me veía obligado a expresar mi acción de gracias en un lenguaje absurdo".

Cuando White llega a esta conclusión, el paso está dado: se encuentra, pues, en la misma tesitura que, en el contexto de otra confesión religiosa, Kierkegaard cuando fabula tomando a Abraham y el sacrificio de Isaac como motivo. Se encuentra ante el más angustioso vacío.

Esta es la situación. Cuando perdura, se acaba por enloquecer. En cambio, si se ha sostenido la mirada al abismo y se regresa, de entre toda la tiniebla se extraerá una mínima partícula de luz que ya no dejará de ensancharse. Blanco White descubrió esa veta en la oscuridad, y con ella forjó un lenguaje que ya nunca más fuera absurdo. Un código con que erigir, de bella fábrica, la crítica más verdadera.

Eso son las Cartas de España.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Del arte y los ladrillos

"Respecto a esta nueva escala mutante de la arquitectura, la primera observación es que en un edificio que excede de cierto tamaño la escala se hace tan enorme y la distancia entre el centro y el perímetro (o núcleo y piel) pasa a ser tan grande que el exterior ya no puede continuar revelando nada preciso del interior. En otras palabras, se ha roto la relación humanista entre interior y exterior basada en la esperanza de que el exterior pueda dar ciertas claves y revelaciones sobre el interior."

No hay motivo para que una edificación, hoy, sea necesariamente como la Oikèma de Ledoux, cuya planta en forma de pene representaba la función de un edificio destinado al libertinaje para alcanzar, mediante la saciedad de los instintos, la virtud social. Por eso fue tan radical el proyecto presentado por OMA para el concurso de la Biblioteca Nacional de Francia, cuyo ganador, finalmente, presentó una serie de edificios que simulan libros abiertos.

Las palabras citadas se insertan en el contexto de una serie de rasgos arquitectónicos que, si venían teniendo relevancia en el ámbito estadounidense y también , parcialmente, en el asiático, comenzaron a ser novedosos para la tradición y la historia europeas alrededor de la penúltima década del siglo XX. Más precisamente: la ubicación de edificios descomunales ("el edificio impresiona simplemente por su masa, por su apariencia y por el hecho banal de su propia existencia") en entornos definidos por una línea arquitectónica de perfiles bajos, pequeños y angulosos solares que se aglomeran para formar cascos antiguos, inexistentes en el "nuevo mundo".

Al referirse a uno de estos proyectos de escala "metropolitana", Koolhaas trata explícitamente de uno de los más controvertidos aspectos de la arquitectura. Su sencillez, la determinación que apareja, son encomiables:

"Por primera vez en nuestra trayectoria como arquitectos nos encontramos ante opciones artísticas en las que los únicos juicios que podíamos emitir no estaban basados en criterios funcionales, porque el problema era demasiado complejo para analizarlo racionalmente. Tenía que crearse un mito."

Mito, opciones artísticas, postergación de la racionalidad como método operativo. Es en este y no en otro escenario en el que cabe ubicar el debate sobre los nuevos edificios proyectados en la ciudad europea. La sencillez al adoptar una metodología artística contrasta con la mentalidad pericial de los arquitectos que conozco y la abotargada percepción estética de una parte de los ciudadanos. La discusión (en los medios de comunicación visceral y sesgada, más razonada y rigurosa en otros foros) sobre la Torre Pelli, las setas de Metropol Parasol, la biblioteca de Zaha Hadid, debería contar con este presupuesto: al igual que la esbelta torre de la Giralda, nuestra generación tiene la capacidad de seguir sumando mitos a la ciudad. Y tiene derecho a crearlos, a pesar de que una parte de los ciudadanos quiera arrogarse la exclusividad para determinar la identidad de la ciudad.

Claro que si se entiende la arquitectura con la radicalidad dicotómica de un Adolf Loos (no por casualidad traído a colación al debate por Carlos Colón, vocero de las esencias sevillanas, las de los buenos sevillanos, se entiende), por necesidad las obras de Koolhaas, de Hadid, de Liebeskind han de ser vistas como aberraciones: "Sólo una parte, muy pequeña, de la arquitectura corresponde al dominio del arte: el sepulcro y el monumento. Todo lo demás, todo lo que tiene una función, debe ser excluido del reino del arte", dice Loos en su ensayo "Arquitectura".

Desde mi punto de vista, Loos comete dos errores de bulto. Su definición de arte es no sólo abrumadoramente ingenua, sino también deliberadamente ingenua. Es inexacta, parcial, errónea. Negarle al arte características consustanciales que han sido exploradas en incontables obras y analizadas por no menos teóricos, como la funcionalidad, no garantiza a la arquitectura una parcela en propiedad, estanca y ajena a los análisis que sobre ella se pueda ejecutar desde la crítica artística. Decir: "La obra de arte es un asunto privado del artista [...], surgió en el mundo sin necesidad alguna que la obligara a nacer [...], no tiene responsabilidad ante nadie..." no es la mejor manera de empezar a poner en valor la arquitectura como disciplina orientada, en exclusiva, a la funcionalidad.

Funcionalidad entendida, y es este el segundo error de apreciación, con parcialidad colosal. Loos habla de las características del arte y las contrapone a las de "la casa". Si éstas las dispone con corrección, de acuerdo a lo que podemos convenir en atribuirle a una vivienda, elude hablar de ese gran campo de trabajo que a un arquitecto se le ofrece entre la casa y el sepulcro o el monumento. Parece no haber, para Loos, otro tipo de construcciones, al menos en su teoría. Grandes obras, bien públicas o bien privadas, proyectadas con evidente función, han sido también diseñadas para ser símbolos, como representaciones de un cliente o de una comunidad entera. Que, frecuentemente, el cliente y lo representado hayan sido y sean las distintas formas del poder no anula la potencia artística de una construcción por lo demás funcional.

La verdadera empresa que se le debe exigir a una obra arquitectónica (a cierto tipo de obra arquitectónica, mejor dicho) es que no deje de ser crítica. Que cuestione ese poder capaz de erigir iconos a su medida. Que sea revolucionaria. Pero esto también lo desecha Loos, el maestro de obras: acaso la arquitectura, para él, no pueda llegar tan lejos.

Claro que, según parece, no está de más preguntarse si los críticos de hace unos años no se habrán convertido en cortesanos bien pagados.

Bonus track (mucho tiempo después): http://www.elpais.com/articulo/cultura/edificio/Calatrava/agrieta/elpepicul/20110610elpepicul_1/Tes