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viernes, 12 de junio de 2009

La marginalidad, el genio

Hace un tiempo escribí, en la última entrada del texto sobre Steiner, algo referente a la excentricidad del genio. Algo así como que desde un callejón inmundo alguien acuclillado sobre los desperdicios pueda estar ahora quizá gestando la obra más reveladora de los hombres.

La exageración es grosera, aunque uno piense en un Bukowski cualquiera. Pero me sirvió para expresar, a mi torpe manera, lo que, en esta noche desfondada, releo ahora en Sebald:

"[Thomas Browne] siempre intentó, pensando y escribiendo, observar la existencia terrestre, tanto las cosas que le eran más próximas como las esferas del universo, desde el punto de vista de un marginado, incluso podría decirse que las contemplaba con ojos de creador."

G.W. Sebald, Los anillos de Saturno

En Sebald hay una especie de hiato entre la marginalidad y la creación, aunque sean inmediatas la una a la otra hay un pequeño intersticio que salvar para acceder de la marginalidad a la genialidad.

Es precisamente ese hiato el que interesa: conviene advertir que Sebald parece apuntar a que la creación no puede ser si no es marginal, que la creación está más allá todavía, una vez traspuesto el abismo de la marginalidad hay aún otro, más insondable, del que algunos son capaces de traer el tesoro huidizo de la humanidad.


(Más adelante, reiterando una idea que aflora también en Austerlitz, está la nube oscura que cubre de pesimismo el espíritu de Sebald: "Sobre cada nueva forma se cierne ya la sombra de la destrucción". Qué gusto da asistir al despliegue poderoso de esta voz. Una voz prospectiva, que arranca, grave, y dice: "En la segunda mitad de los años sesenta, en parte por razones de estudio, en parte por razones para mí mismo no totalmente claras...")

martes, 5 de mayo de 2009

Sebald|Bolaño

Un día toma uno un libro en sus manos. Cuando concluye la lectura rompe, sin motivo aparente, a llorar.

Después, así que se recomponga, acabará por atribuir el llanto más a una fragilidad propia y coyuntural que a la lectura. Alguna connotación imposible de ubicar habrá hecho saltar algún resorte íntimo, algo habrá sido sacudido por una subrepticia llamada que salvo en ese instante jamás podía ser atendida.

Al cabo de un tiempo, muchas lecturas más tarde, la situación se repite.



Al limpio discurrir de la prosa de Sebald subyace, oscuramente rumoroso, un magisterio taciturno a través del cual se pone el foco en personajes y objetos no menos taciturnos o, eventualmente, melancólicos. En realidad, para un lector, lo que instala a Sebald en su seno una vez que ha paseado por su vastedad inhóspita es que su tono no reviste otra seriedad que la de lo verdadero.

En Sebald, quizá como en ningún otro escritor, lo posible es traspasado por una mirada que lo torna en efectivo, en elemento de este mundo, lo hace trasponer el umbral de lo verosímil; y a la inversa, lo fehaciente es narrado en un tono elegíaco tal que se suma a lo novelesco sin por ello perder su naturaleza. Lo que engrandece a Sebald es que narra como a media voz, sentado en la butaca de la propia casa, la verdad de unos seres inexistentes.

Bolaño es otra cosa. No hay duda.

Sin embargo, al igual que Sebald, despierta en mí la misma melancolía difusa. Sin origen. Y es un misterio qué similitud puede haber en sus respectivas escrituras para que su efecto sea de una única estirpe. A primera vista, ambos podrían ser exponentes de escuelas opuestas: Sebald es la introspección exacerbada, el largo soliloquio reflexivo, alargándose como por los meandros de un Danubio calmo, la evocadora interpretación de una anécdota en la que se ahonda hasta hallar la mena de una tragedia universal; Bolaño es, por su parte, la acumulación de voces y sucesos de los cuales el autor (el autor implícito de 2666, los narradores de la multiperspectivista Los detectives salvajes, su obra cumbre) no aventura un sentido, sino que ofrece al lector la posibilidad de dotar de carga simbólica la multitud de cuentos que forman sus novelas. Sebald disecciona un pasado. Bolaño lo construye. En ambos casos se ofrece algo que, en adelante, se puede añorar.

Son distintos, y son iguales. Como a los críticos de la primera parte de 2666, leer a Sebald y a Bolaño me da ganas de salir corriendo y de llorar.

domingo, 12 de abril de 2009

Para una poética (I)

Para ser fiel a los tópicos adolescentes, mi enamoramiento duró lo que tardó en llegar el verano. En septiembre ella no estaba ya allí, y yo sabía que no volvería a verla. Más tarde me mudé de ciudad, comencé los estudios superiores, conocí a otras personas. Terminó por desaparecer. O quizá, más bien, fui yo quien desapareció. No lo sé.

Ahora ya nunca recuerdo el rostro de María. Y así seguirá siendo en adelante. En cambio, sí puedo aún recordar que fue ella, continuando la labor de Teresa (la otra mujer, de cuantas he escuchado en persona, que mejor hablaba de literatura), quien me inoculó el veneno de la escritura*. María impartía las clases de literatura como el pescador habla de sus artes: su razón es no el discurso sino la pesca. Recuerdo que fue entonces cuando, para complacerla, empecé a escribir.

Por esta causa, porque ya no está ni estará más y su influjo, aun así, persiste en la ausencia, y lo custodio como quien porta en un guardapelo del metal más precioso el más amado retrato, mi ánimo deriva, a veces, levemente, a un estado melancólico cuando recuerdo algo que descubrí en su palabra, en los libros que me prestaba, en la pasión con que, rebasando con creces sus atribuciones docentes, nos hablaba sobre los escritores, sobre el oficio de escribir.

Ahora leo en Sebald:

"Los escrúpulos literarios de Flaubert (...), su miedo a la falsedad que, como solía decir, lo encadenaba semanas y meses enteros a su canapé y le hacía temer que nunca más podría escribir siquiera media línea sin comprometerse de la forma más embrazosa. En esa época (...) no sólo le parecía absolutamente impensable cualquier forma futura de escribir, sino que, más aún, estaba convencido de que todo lo que había escrito hasta entonces se reducía a una yuxtaposición de los más inexcusables errores y embustes, de trascendentales consecuencias."

W. G. Sebald, Los anillos de Saturno

Y me parece escucharla a ella, sólo que entonces Flaubert se dolía también, dirigiéndose a su amada, en su correspondencia, de la dificultad con que avanzaba en la redacción, del dolor que le producía el marasmo y el no avanzar sino apenas diez líneas cada día.


Hace tiempo, cuando aún pensaba en escribir, me enfrenté a la construcción de un cuento basado en elementos estáticos, sin conexión causal entre ellos. Había también algo de Cecil Taylor, ese cuento de Aira (me cae mal Aira, el cuento lo leí en una antología, porque soy incapaz de tomar entre mis manos un libro sólo de Aira), en la idea primera. Es decir: intentaba calcar Cecil Taylor. Al final, todo se quedó, para variar, en borradores. Bueno, y en una especie de poética de unos 10 u 11 folios acerca de cómo escribir un cuento que nunca se escribirá.


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* Escritura, leo con curiosidad y sorpresa que ha dicho Derrida, significa pharmakon en griego; y se entiende al mismo tiempo como fármaco y como veneno.

La noción de literatura como remedio para los males propios no es ya ni siquiera un tópico sobado sino un desprestigio. Más novedosa para mí es, sin embargo, la noción de veneno. Lo que distingue el fármaco del veneno, al menos según se viene diciendo desde Paracelso, es la dosis. Es sabido. Y aun así la asociación de escritura y veneno resulta impertinente por su audacia.

Sí, es veneno la escritura, veneno que uno mismo se va inoculando para apartarse de los demás: lector o escritor, hay una silueta que se recorta contra la sociedad.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

El pasado

No hay razones para hacer lo que hacemos. No vale la pena, así, explicar por qué tecleé mi nombre en google. Lo que cuenta es que apareció esto que anoto más abajo. Lastimosamente lo he leído y releído, poseído por una mezcla de piedad y rubor. Nah, qué leches: tomado por una vergüenza sin límite, una vergüenza casi ajena (porque ese que escribía por las noches desde los 18 años, ese que pensaba que era dueño de un carisma bastante para alumbrar una buena obra literaria, ese ya no soy yo, y ya es irreconocible para mí).

De esta clase eran las tonterías que escribía hasta que dejé de hacerlo, hace unos cinco años. Todos mis borradores, podridos ahora en el fondo de algún vertedero, o convenientemente enterrados con el inservible disco duro de mi antiguo PC, tenían una característica común: eran literarios. Mejor: pretendían ser literarios hasta tal punto que perdían de vista lo que la literatura es.

Cortázar, en Rayuela, mostraba esta cuestión: "emprender el descenso" vs. "bajar". No obstante su aparente sencillez, en esta disyuntiva se halla el núcleo de la controversia que viene minando (o acuciando) el quehacer literario de muchos grandes autores desde hace, como poco, más de un siglo: ahí al lado está lo que Steiner dice al respecto.

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Casa tomada

Los arañazos de la lluvia y el vaho velaban la ventana, así que hube de abrirla para poder verla mejor. Al romper contra el alféizar, los goterones salpicaron mi chaqueta, mis pantalones, mis zapatos. Fue molesto. Pero permanecí allí, en pie, mirando cómo la mujer trasponía el umbral del zaguán y se alejaba cuesta arriba, hacia los arrabales, empujando un carrito en que sus pertenencias se empapaban lentamente. Hacía un día de perros. Era ya noviembre, y la casa al fin quedaba vacía. A mi disposición.


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[Con respecto al año 2003, cuando lo escribí, en el piso de Sesé, en Jerez, lo he pulido un poco. Ignoro por qué. No le voy a dedicar mucho tiempo al asunto, en todo caso. Los mediocres tenemos este defecto: aún creemos en la superación.]