Y Dylan, tras el jaleo, lo rechazó:
"No te creo; eres un mentiroso".
Y a continuación conminó a su banda a tocar más alto, más fuerte, más lejos por tanto:
"Play it FUCKIN' LOUD!"
Es interesante notar que, en un artículo publicado a finales de los 90, un redactor afirma que "el seguidor supuestamente lanzó el epíteto 'Judas'". Mi desconocimiento del inglés me impide corroborar la equivalencia epithet=adjetivo calificativo; aun así, al lector hispanohablante le parece que la traición -la oscuridad desde la que nace- prevalece en la conciencia del común como imagen definitoria, de inusitada pregnancia, a pesar de cualquier beneficio que aquella comporte, incluso cuando la perspectiva y el distanciamiento permiten entenderla de una manera distinta, tal vez como evolución, tal vez como progreso. Dylan es un judas desde 1966 y para siempre. Por eso parece natural hablar de epíteto y no de insulto. La traición perdura.
Díganselo a Goytisolo, a Don Julián.
La traición puede provenir, como algún buen seguidor del cantautor habrá considerado, de la oscuridad de la platea. Desde ahí, a la posteridad, legó su grito Keith Butler, el injurioso. Aunque quizá no fuera así del todo, y esta nebulosidad original es también parte de las alevosías, de sus leyendas. "Supuestamente".
Pero la traición se despliega más bien desde sótanos repletos de humo y barbudos dipsómanos, escenarios fuera del tiempo, como West Saugerties o como Tánger. También desde todas las habitaciones abigarradas, desde los rimeros de libros que aguardan inútiles su turno para ser abiertos. Desde los más cercanos planes para el viernes noche, que sepultan sueños viejos ya irrealizables. La traición acecha también en escenarios más sórdidos, en paisajes mínimos.
La traición es esto que escribo. Que es lo mismo que decir: "esto que escribo es lo que no estoy escribiendo".
Podéis leerme en Vinilocura desde hace un año :)
Hace 14 años