"Finalmente, viéndoles guerrear como quien ayuda al vecino a cuidar
a un familiar enfermo, la idea de que eran hombres nacidos
para la derrota convirtió a aquellos milicianos en un inventario
de cadáveres. Siempre lleva las de perder el que más muertos sepulta."
Alberto Méndez, Los girasoles ciegos
Hay una particularidad acerca del narrador de Los girasoles ciegos que sólo he acertado a intuir al dar comienzo el segundo capítulo. El narrador —manejo uno, provisoriamente, pues es lo que parecen estas voces que dan cuenta de la historia de Alegría y editan el manuscrito—, el narrador escribe desde dentro. De partida no es uno capaz de determinar desde qué tiempo se nos relatan estas parcelas intrahistóricas, pero luego, al comienzo de la segunda parte, hay una fecha: 1952. Hay también un lugar. El Archivo de la Guardia Civil.
El narrador, cualquier personaje, cualquier persona capaz de acceso a los archivos de los vencedores tiene que ser alguien del régimen, con crédito suficiente para no estar sujeto a impedimentos en su labor minera. Y, no obstante, es alguien que se empeña (algo así como Alegría) en revelar a sus propios cuánto de usura, cuánto de mezquindad ha habido en su victoria. Alguien con la sensibilidad y la honradez bastantes para, en la desmemoriada y dulcificada conciencia de la victoria, no dejar de ver —y de contar— lo que ocurrió a los que perdieron. "Sólo algunos muertos serán considerados protagonistas de la guerra". En cambio, por justicia, otros muertos son protagonistas de la posguerra. Pues ha habido alguien que se ha conjurado para, contraviniendo la moral del victorioso, mantener los ojos abiertos mientras se adentra en la umbría.
Ese alguien, en verdad, no puede ser más que un traidor.
El narrador, cualquier personaje, cualquier persona capaz de acceso a los archivos de los vencedores tiene que ser alguien del régimen, con crédito suficiente para no estar sujeto a impedimentos en su labor minera. Y, no obstante, es alguien que se empeña (algo así como Alegría) en revelar a sus propios cuánto de usura, cuánto de mezquindad ha habido en su victoria. Alguien con la sensibilidad y la honradez bastantes para, en la desmemoriada y dulcificada conciencia de la victoria, no dejar de ver —y de contar— lo que ocurrió a los que perdieron. "Sólo algunos muertos serán considerados protagonistas de la guerra". En cambio, por justicia, otros muertos son protagonistas de la posguerra. Pues ha habido alguien que se ha conjurado para, contraviniendo la moral del victorioso, mantener los ojos abiertos mientras se adentra en la umbría.
Ese alguien, en verdad, no puede ser más que un traidor.