Un día toma uno un libro en sus manos. Cuando concluye la lectura rompe, sin motivo aparente, a llorar.
Después, así que se recomponga, acabará por atribuir el llanto más a una fragilidad propia y coyuntural que a la lectura. Alguna connotación imposible de ubicar habrá hecho saltar algún resorte íntimo, algo habrá sido sacudido por una subrepticia llamada que salvo en ese instante jamás podía ser atendida.
Al cabo de un tiempo, muchas lecturas más tarde, la situación se repite.
Al limpio discurrir de la prosa de
Sebald subyace, oscuramente rumoroso, un magisterio taciturno a través del cual se pone el foco en personajes y objetos no menos taciturnos o, eventualmente, melancólicos. En realidad, para un lector, lo que instala a Sebald en su seno una vez que ha paseado por su vastedad inhóspita es que su tono no reviste otra seriedad que la de
lo verdadero.
En Sebald, quizá como en ningún otro escritor, lo posible es traspasado por una mirada que lo torna en efectivo, en elemento de este mundo, lo hace trasponer el umbral de lo verosímil; y a la inversa, lo fehaciente es narrado en un tono elegíaco tal que se suma a lo novelesco sin por ello perder su naturaleza. Lo que engrandece a Sebald es que narra como a media voz, sentado en la butaca de la propia casa, la verdad de unos seres inexistentes.
Bolaño es
otra cosa. No hay duda.
Sin embargo, al igual que Sebald, despierta en mí la misma melancolía difusa. Sin origen. Y es un misterio qué similitud puede haber en sus respectivas escrituras para que su efecto sea de una única estirpe. A primera vista, ambos podrían ser exponentes de escuelas opuestas: Sebald es la introspección exacerbada, el largo soliloquio reflexivo, alargándose como por los meandros de un
Danubio calmo, la evocadora interpretación de una anécdota en la que se ahonda hasta hallar la mena de una tragedia universal; Bolaño es, por su parte, la
acumulación de voces y sucesos de los cuales el autor (el autor implícito de
2666, los narradores de la multiperspectivista
Los detectives salvajes, su obra cumbre) no aventura un sentido, sino que ofrece al lector la posibilidad de dotar de carga simbólica la multitud de cuentos que forman sus novelas. Sebald disecciona un pasado. Bolaño lo construye. En ambos casos se ofrece algo que, en adelante, se puede añorar.
Son distintos, y son iguales. Como a los críticos de la primera parte de 2666, leer a
Sebald y a
Bolaño me da ganas de salir corriendo y de llorar.