De esta clase eran las tonterías que escribía hasta que dejé de hacerlo, hace unos cinco años. Todos mis borradores, podridos ahora en el fondo de algún vertedero, o convenientemente enterrados con el inservible disco duro de mi antiguo PC, tenían una característica común: eran literarios. Mejor: pretendían ser literarios hasta tal punto que perdían de vista lo que la literatura es.
Cortázar, en Rayuela, mostraba esta cuestión: "emprender el descenso" vs. "bajar". No obstante su aparente sencillez, en esta disyuntiva se halla el núcleo de la controversia que viene minando (o acuciando) el quehacer literario de muchos grandes autores desde hace, como poco, más de un siglo: ahí al lado está lo que Steiner dice al respecto.
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Casa tomada
Los arañazos de la lluvia y el vaho velaban la ventana, así que hube de abrirla para poder verla mejor. Al romper contra el alféizar, los goterones salpicaron mi chaqueta, mis pantalones, mis zapatos. Fue molesto. Pero permanecí allí, en pie, mirando cómo la mujer trasponía el umbral del zaguán y se alejaba cuesta arriba, hacia los arrabales, empujando un carrito en que sus pertenencias se empapaban lentamente. Hacía un día de perros. Era ya noviembre, y la casa al fin quedaba vacía. A mi disposición.
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[Con respecto al año 2003, cuando lo escribí, en el piso de Sesé, en Jerez, lo he pulido un poco. Ignoro por qué. No le voy a dedicar mucho tiempo al asunto, en todo caso. Los mediocres tenemos este defecto: aún creemos en la superación.]
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