"¿No ofrecía el mundo, a pesar de sus
luchas, sus miserias y vicios, unas perspectivas
más nobles y elevadas que este insulso
y paralizante sistema de perfección?"
Blanco White, Cartas de España
luchas, sus miserias y vicios, unas perspectivas
más nobles y elevadas que este insulso
y paralizante sistema de perfección?"
Blanco White, Cartas de España
Para que nuestra desgracia sea completa, la crisis, cuando nos alcanza, nos fuerza a cuestionarnos cuanto de maquinal hay en el mundo. Importa poco que éste sea el rigor ritual y litúrgico, en el caso de un cura como White, debatiéndose por la fragilidad de su fe, o el entorno social sobre el que periodistas o escritores, si es que son conscientes de cuanto de compromiso conlleva tenerse por tales, han de informar y el cual a su vez han de modelar.
El mundo, cuando la crisis hace presa en uno, se muestra como un complejo de engranajes inhumano, perfecto e irrevocable, en cuyo seno ni se es necesario ni se deja de serlo, y en el que tan sólo se puede constatar, desprendido ya de todo afecto, las innumerables fallas que se ponen de continuo en evidencia, a pesar de las cuales todo funciona como un reloj.
Como un impasible reloj. Porque nada falla, en realidad. Nada salvo uno mismo.
Pero precisamente esta colusión, la que se establece entre una percepción enajenada tal y las señales que esparce un mundo causante de la enajenación, permite una penetración más lúcida y más abrasiva en la realidad. Por eso White, en su conflicto, acaba por apercibirse de que la sustancia de su razonar, la palabra propia, se vuelve absurda si se somete al arbitrio de los defensores de la fe, la Iglesia Católica: "Igual que ellos, me veía obligado a expresar mi acción de gracias en un lenguaje absurdo".
Cuando White llega a esta conclusión, el paso está dado: se encuentra, pues, en la misma tesitura que, en el contexto de otra confesión religiosa, Kierkegaard cuando fabula tomando a Abraham y el sacrificio de Isaac como motivo. Se encuentra ante el más angustioso vacío.
Esta es la situación. Cuando perdura, se acaba por enloquecer. En cambio, si se ha sostenido la mirada al abismo y se regresa, de entre toda la tiniebla se extraerá una mínima partícula de luz que ya no dejará de ensancharse. Blanco White descubrió esa veta en la oscuridad, y con ella forjó un lenguaje que ya nunca más fuera absurdo. Un código con que erigir, de bella fábrica, la crítica más verdadera.
Eso son las Cartas de España.