"Respecto a esta nueva escala mutante de la arquitectura, la primera observación es que en un edificio que excede de cierto tamaño la escala se hace tan enorme y la distancia entre el centro y el perímetro (o núcleo y piel) pasa a ser tan grande que el exterior ya no puede continuar revelando nada preciso del interior. En otras palabras, se ha roto la relación humanista entre interior y exterior basada en la esperanza de que el exterior pueda dar ciertas claves y revelaciones sobre el interior."No hay motivo para que una edificación, hoy, sea necesariamente como la
Oikèma de Ledoux, cuya planta en forma de pene representaba la función de un edificio destinado al libertinaje para alcanzar, mediante la saciedad de los instintos, la virtud social. Por eso fue tan radical el
proyecto presentado por
OMA para el concurso de la Biblioteca Nacional de Francia, cuyo ganador, finalmente, presentó una serie de
edificios que simulan libros abiertos.
Las palabras citadas se insertan en el contexto de una serie de rasgos arquitectónicos que, si venían teniendo relevancia en el ámbito estadounidense y también , parcialmente, en el asiático, comenzaron a ser novedosos para la tradición y la historia europeas alrededor de la penúltima década del siglo XX. Más precisamente: la ubicación de edificios descomunales ("
el edificio impresiona simplemente por su masa, por su apariencia y por el hecho banal de su propia existencia") en entornos definidos por una línea arquitectónica de perfiles bajos, pequeños y angulosos solares que se aglomeran para formar cascos antiguos, inexistentes en el "nuevo mundo".
Al referirse a uno de estos proyectos de escala "metropolitana", Koolhaas trata explícitamente de uno de los más controvertidos aspectos de la arquitectura. Su sencillez, la determinación que apareja, son encomiables:
"
Por primera vez en nuestra trayectoria como arquitectos nos encontramos ante opciones artísticas en las que los únicos juicios que podíamos emitir no estaban basados en criterios funcionales, porque el problema era demasiado complejo para analizarlo racionalmente. Tenía que crearse un mito."
Mito, opciones artísticas, postergación de la racionalidad como método operativo. Es en este y no en otro escenario en el que cabe ubicar el debate sobre los nuevos edificios proyectados en la ciudad europea. La sencillez al adoptar una metodología artística contrasta con la mentalidad pericial de los arquitectos que conozco y la abotargada percepción estética de una parte de los ciudadanos. La discusión (en los medios de comunicación visceral y sesgada, más razonada y rigurosa en otros
foros) sobre la
Torre Pelli, las setas de
Metropol Parasol, la
biblioteca de Zaha Hadid, debería contar con este presupuesto: al igual que la esbelta torre de la Giralda, nuestra generación tiene la capacidad de seguir sumando mitos a la ciudad. Y tiene derecho a crearlos, a pesar de que una parte de los ciudadanos quiera arrogarse la exclusividad para determinar la identidad de la ciudad.
Claro que si se entiende la arquitectura con la radicalidad dicotómica de un
Adolf Loos (no por casualidad traído a colación al debate por Carlos Colón, vocero de las esencias sevillanas, las de los
buenos sevillanos, se entiende), por necesidad las obras de Koolhaas, de Hadid, de Liebeskind han de ser vistas como aberraciones: "
Sólo una parte, muy pequeña, de la arquitectura corresponde al dominio del arte: el sepulcro y el monumento. Todo lo demás, todo lo que tiene una función, debe ser excluido del reino del arte", dice Loos en su ensayo "
Arquitectura".
Desde mi punto de vista, Loos comete dos errores de bulto. Su definición de arte es no sólo abrumadoramente ingenua, sino también deliberadamente ingenua. Es inexacta, parcial, errónea. Negarle al arte características consustanciales que han sido exploradas en incontables obras y analizadas por no menos teóricos, como la funcionalidad, no garantiza a la arquitectura una parcela en propiedad, estanca y ajena a los análisis que sobre ella se pueda ejecutar desde la crítica artística. Decir: "
La obra de arte es un asunto privado del artista [...], surgió en el mundo sin necesidad alguna que la obligara a nacer [...], no tiene responsabilidad ante nadie..." no es la mejor manera de empezar a poner en valor la arquitectura como disciplina orientada, en exclusiva, a la funcionalidad.
Funcionalidad entendida, y es este el segundo error de apreciación, con parcialidad colosal. Loos habla de las características del arte y las contrapone a las de "
la casa". Si éstas las dispone con corrección, de acuerdo a lo que podemos convenir en atribuirle a una vivienda, elude hablar de ese gran campo de trabajo que a un arquitecto se le ofrece entre la casa y el sepulcro o el monumento. Parece no haber, para Loos, otro tipo de construcciones, al menos en su teoría. Grandes obras, bien públicas o bien privadas, proyectadas con evidente función, han sido
también diseñadas para ser símbolos, como representaciones de un cliente o de una comunidad entera. Que, frecuentemente, el cliente y lo representado hayan sido y sean las distintas formas del poder no anula la potencia artística de una construcción por lo demás funcional.
La verdadera empresa que se le debe exigir a una obra arquitectónica (a cierto tipo de obra arquitectónica, mejor dicho) es que no deje de ser crítica. Que cuestione ese poder capaz de erigir iconos a su medida. Que sea revolucionaria. Pero esto también lo desecha Loos, el maestro de obras: acaso la arquitectura, para él, no pueda llegar tan lejos.
Claro que,
según parece, no está de más preguntarse si los críticos de hace unos años no se habrán convertido en cortesanos bien pagados.
Bonus track (mucho tiempo después):
http://www.elpais.com/articulo/cultura/edificio/Calatrava/agrieta/elpepicul/20110610elpepicul_1/Tes