domingo, 12 de abril de 2009

Para una poética (I)

Para ser fiel a los tópicos adolescentes, mi enamoramiento duró lo que tardó en llegar el verano. En septiembre ella no estaba ya allí, y yo sabía que no volvería a verla. Más tarde me mudé de ciudad, comencé los estudios superiores, conocí a otras personas. Terminó por desaparecer. O quizá, más bien, fui yo quien desapareció. No lo sé.

Ahora ya nunca recuerdo el rostro de María. Y así seguirá siendo en adelante. En cambio, sí puedo aún recordar que fue ella, continuando la labor de Teresa (la otra mujer, de cuantas he escuchado en persona, que mejor hablaba de literatura), quien me inoculó el veneno de la escritura*. María impartía las clases de literatura como el pescador habla de sus artes: su razón es no el discurso sino la pesca. Recuerdo que fue entonces cuando, para complacerla, empecé a escribir.

Por esta causa, porque ya no está ni estará más y su influjo, aun así, persiste en la ausencia, y lo custodio como quien porta en un guardapelo del metal más precioso el más amado retrato, mi ánimo deriva, a veces, levemente, a un estado melancólico cuando recuerdo algo que descubrí en su palabra, en los libros que me prestaba, en la pasión con que, rebasando con creces sus atribuciones docentes, nos hablaba sobre los escritores, sobre el oficio de escribir.

Ahora leo en Sebald:

"Los escrúpulos literarios de Flaubert (...), su miedo a la falsedad que, como solía decir, lo encadenaba semanas y meses enteros a su canapé y le hacía temer que nunca más podría escribir siquiera media línea sin comprometerse de la forma más embrazosa. En esa época (...) no sólo le parecía absolutamente impensable cualquier forma futura de escribir, sino que, más aún, estaba convencido de que todo lo que había escrito hasta entonces se reducía a una yuxtaposición de los más inexcusables errores y embustes, de trascendentales consecuencias."

W. G. Sebald, Los anillos de Saturno

Y me parece escucharla a ella, sólo que entonces Flaubert se dolía también, dirigiéndose a su amada, en su correspondencia, de la dificultad con que avanzaba en la redacción, del dolor que le producía el marasmo y el no avanzar sino apenas diez líneas cada día.


Hace tiempo, cuando aún pensaba en escribir, me enfrenté a la construcción de un cuento basado en elementos estáticos, sin conexión causal entre ellos. Había también algo de Cecil Taylor, ese cuento de Aira (me cae mal Aira, el cuento lo leí en una antología, porque soy incapaz de tomar entre mis manos un libro sólo de Aira), en la idea primera. Es decir: intentaba calcar Cecil Taylor. Al final, todo se quedó, para variar, en borradores. Bueno, y en una especie de poética de unos 10 u 11 folios acerca de cómo escribir un cuento que nunca se escribirá.


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* Escritura, leo con curiosidad y sorpresa que ha dicho Derrida, significa pharmakon en griego; y se entiende al mismo tiempo como fármaco y como veneno.

La noción de literatura como remedio para los males propios no es ya ni siquiera un tópico sobado sino un desprestigio. Más novedosa para mí es, sin embargo, la noción de veneno. Lo que distingue el fármaco del veneno, al menos según se viene diciendo desde Paracelso, es la dosis. Es sabido. Y aun así la asociación de escritura y veneno resulta impertinente por su audacia.

Sí, es veneno la escritura, veneno que uno mismo se va inoculando para apartarse de los demás: lector o escritor, hay una silueta que se recorta contra la sociedad.

1 comentario:

Rosario dijo...

tOMA LA DOSIS JUSTA DE VENENO (ESCRITURA),PERO NO LO DEJES PORQUE
LO HACES MUY BIEN.OLVIDA AL CRÍTICO FEROZ QUE LLEVAS DENTRO Y ESCRIBE CON HONESTIDAD,MIRANDO HACIA ADENTRO DE TI MISMO,Y DISFRUTA SENCILLAMENTE,HUMILDEMENTE
DE TU CAPACIDAD CREATIVA. BESOS